jueves, 25 de diciembre de 2008

Viaje a Cuba 1998




Viaje a Cuba -- Verano 1998

Hoy es 28 de agosto y comienzo mis vacaciones sin tener nada preparado en cuanto a viaje se refiere. Es por la mañana y salgo a desayunar. Recojo una publicidad de una agencia de viajes, que hay en el suelo. Mientras me tomo mi café con algo de bollería echo un vistazo al papel. Quizá me interese algo: Londres, Portugal, Grecia…, los precios parecen interesantes. Por aquello de que “por intentarlo que no quede”, me acerco al lugar indicado, que está muy cerca, y el empleado me comunica que ya no quedan ninguno disponible, pero sí a Cuba, que el precio es de 93.650, ptas., si me interesa. Debo decidir casi sobre la marcha: la salida es al día siguiente por la mañana. Pero surge la primera duda: el pasaporte. No sé si está en vigor o caducado; y ¿el visado?. El empleado de la agencia me dice que eso no es ningún problema, que él me lo soluciona en un momento ya que tiene el Consulado Cubano en el despacho de al lado.
Me voy a casa a recoger el pasaporte y tras comprobar que no está caducado, vuelvo a la agencia para hacer el contrato y formalizar el visado.
He empezado todo esto a las 11 h., ahora es ya mediodía, y mañana debo estar en el aeropuerto de Barajas a las 9 h.


Primer día de viaje:

Antes de nada quiero reseñar que no es mi intención describir ninguna situación ,aunque a veces va a ser inevitable, si no relatar una serie de cosas o anécdotas, las que de una forma u otra me han pasado.
A la hora convenida llego a la terminal. Allí me está esperando el empleado de la agencia, quien me entrega toda la documentación, incluido el visado en regla, y se despide indicándome, sin más, que debe atender a otro pasajero, que debería viajar en otra fecha, y se le ha presentado hoy. Yo paso los trámites de embarque, policía, etc. Y sobre las 12 h despega el avión. El vuelo no tiene nada que reseñar y a las 15 h. (hora cubana) aterrizamos en el aeropuerto José Martín. Se nota mucho calor y humedad en el ambiente.
Como se me había indicado, me están esperando Patricia, mulata con el pelo muy corto, y Pedro, de raza negra, muy alto; tan alto (mas de 2 m.), que no tengo ningún problema en localizarlos. Pedro había sido jugador de baloncesto y seleccionador de varios países (Cuba, Brasil, Kuwait…). Tras identificarme y los saludos de rigor, me dicen que debemos esperar a que aparezca otro pasajero más, que viene en el mismo vuelo. Al momento aparece. Es Jazmín, una chica de unos 40 años, nacionalidad siria, según dice esposa de un juez, y que está de vacaciones por Europa.
En un coche particular nos dirigimos al hotel. Pasamos por casa de Patricia y Pedro y nos dicen que esta es “nuestra casa”. Más adelante me enteraré de que el “empleado de la agencia” es el yerno de mis, mejor dicho, nuestros anfitriones. Nos adjudican las habitaciones. La mejor para Jazmín, por ser mujer, me dicen. A pesar de que la casa es espaciosa y situada en un buen barrio (esta familia goza de una buena posición), el aspecto, que ofrece no es saludable. Por un momento pienso en irme por mi cuenta a un hotel. Pero surgen las dudas: estoy en un país, cuya organización es todo un enigma para mí, y vete a saber si la solución no me acarreará mas problemas, que los que trato de solventar. Decido quedarme haciéndome a la idea de que van a ser 8 días. La ropa de la cama, el colchón, la pintura de las paredes, el armario, algún cristal roto y sin reponer, etc. no son de mi agrado naturalmente. Hay moscas y hasta una lagartija merodea a sus anchas por las paredes. Pero bueno: van a ser 8 días.
En la casa nos está esperando Ivana, la empleada de hogar. Parece una persona amable y a lo largo de la estancia veo que lo es. En realidad todo el mundo es muy amable y nos dan un trato muy cariñoso y familiar. En todo momento tratan de agradarnos.
Como todavía es pronto, Jazmín y yo decidimos salir a dar una vuelta por la ciudad para tener un primer contacto. Según Pedro el centro de la ciudad esta a unos 15 mts. andando. La realidad son 20 mts. para llegar al autobús que lleva al centro. Se ha puesto a llover, y ¡cómo llueve¡ Una señora nos aconseja que esperemos al autobús. Nos cobijamos en la parada, que está llena de gente, y la misma señora, que se había percatado de que acabábamos de llegar, nos ofrece monedas. Se lo agradecemos, pero no podemos consentirlo.
El autobús no llega. Algunos coches particulares paran y hablan con los que están esperando, y si llegan a un a cuerdo económico se van con él. Se nos ha hecho de noche y sigue lloviendo intensamente. Decidimos regresar a casa. Llegamos empapados.


Segundo día en la Habana:
Se nos sugiere por parte de Patricia y Pedro, que contratemos un coche particular para hacer un recorrido por la ciudad. Estaría a nuestra disposición, con su conductor durante 24 horas dentro de la capital y por un precio de 15 dólares (es la moneda que funciona) más 5 para combustible. Aceptamos, pero no son 20 sino 25 dólares, los que tuvimos que pagar.
El conductor y propietario del coche se nos presenta, y según nos dice pertenece a la escolta de Fidel Castro y para demostrarnoslo nos muestra un album de fotos, que, según él, lo atestigua. Por cortesía lo ojeamos un poco, sin mayor interés. Nos pregunta nuestros nombres y se justifica diciéndonos que ante la posibilidad de algún control de la policía deberíamos aparentar ser sus invitados y más concretamente yo debería decir que soy amigo de Felipe González.
Yo no hago ningún comentario, Jazmín tampoco. Seguimos tomando contacto con el entorno: el coche es un lada con muchos desperfectos: cristales que no bajan, cuadro sin iluminación, chapa en mal estado, tapicería desgastada… El recorrido se va improvisando sobre la marcha y lógicamente unas veces a indicación nuestra, oficina de turismo, catedral, bodeguita de en medio, malecón…, y otras a criterio de Jorge, el conductor, edificios grandes como hospitales, hoteles, el Morro y el barrio Miramar (residencial en sus tiempos ahora sede de embajadas).
Quiero describir el paisaje urbano. A ver si lo consigo en pocas palabras: Veo casas con un pasado de gran solera, chébrolets muy antiguos, que nosotros mimaríamos en un museo, muchos ladas, algún coche más actualizado, muchas bicicletas, algunas preparadas par trasportar a pasajeros, mucha gente en la calle, las mujeres con vestimentas muy ajustadas; en definitiva mucho colorido.



Tercer día en la Habana:
Tras un desayuno bueno y abundante: un huevo frito, salchichas, zumos, café con leche, pastas, mantequilla y mermeladas, hoy vamos a recorrer andando y en trasporte público y parandonos en los sitios del centro que para nosotros tienen más interés: Catedral, Capitolio, Museo de la Revolución, Malecón, Palacio de Batista, etc. Por cierto en el Capitolio Jazmín se ha colado sin pagar. Me dice que solamente tiene 100 dólares para toda la estancia en Cuba. Esto a mí me daría igual si no fuera porque va a tener alguna trascendencia, aunque sin importancia, en le desarrollo del viaje. El museo de la Revolución está cerrado por ser lunes y he de volver otro día.
De regreso a casa, al tratar de subir al autobús, el M2, que es de los que llaman metropolitanos o camellos, por su forma, hay mucha gente y una falta total de orden. Jazmín consigue subir pero yo no. Refíriendose a mí gritaba “es mi marido” “dejen subir a mi marido” Por fin consigo llegar en otro posterior como una hora y cuarto mas tarde, justo para la cena.
Ya en la mesa:
Jazmín: Oye Antonio: he conocido a una cubana en el autobús.
Yo: y?
Jazmín: He quedado con ella para presentartela mañana por la tarde. Vendrá con su hermano para presentarmelo a mí.
Yo: No sé que tengo yo que ver en todo esto.
Jazmín: Es que ella quiere casarse con tigo.
Yo: Alaaaaa…
(risas)
Yo: Pues no voy a ir.
Jazmín: Y que le digo yo?
Yo: No sé…dile que… lo que quieras.
Jazmín: Comprendelo, Antonio, son las vacaciones de mi vida.
Yo: Tú haz lo quieras, pero yo no voy.

Cuarto día en la Habana:

A primera hora nos acercamos en un taxi al hotel Habana Libre para hacer el viaje que cada uno habíamos contratado el día anterior. Yo para Viñales y ella para Soroa.
El paisaje hasta Pinar del Río es variado. En esta ciudad, que es capital de provincia visitamos una fábrica de licores y otra de puros. En esta última nos explican la organización. Nos resulta curioso algún detalle como el del puesto del lector, que consiste en leer en la sala en voz alta para que las empleadas oigan mientras trabajan. Hablamos con los trabajadores (casi todas mujeres), que tratan de convencernos para que a la salida no compremos puros o cigarros, sino en una dirección concreta que cada una nos dice.
Continuamos hacia Viñales. Quedo cautivado por el paisaje. Creo que aunque me lo intentaran explicar nadie lo conseguiría. Llanuras verdes de las que emergen unas montañas (mogotes) también cubiertas de verdes en distintas tonalidades. La sensación es de frescura y olores agradables. Hay orquídeas por todas partes. En un espacio interior entre mogotes se puede contemplar un mural con fauna y flora local. Para finalizar recorremos en un barco un río subterráneo.
Al regreso me encuentro con Jazmín, que ha llegado antes y se ha dedicado a recorrer el hotel de arriba abajo. No le importa subir conmigo de nuevo y me acompaña a la planta 25 desde donde puedo ver toda la ciudad y una bonita panorámica hacia el mar.
De vuelta a casa me insiste en la conversación de la cena del día anterior, pero mi postura es, naturalmente, que no hay nada que hacer. Ya no se habló nada más del tema.

Quinto día en la Habana:

Hoy me intereso por conocer el barrio de Bíbora. Es aquí donde vive el tío de mis primas. No está muy lejos de donde estamos nosotros. Previamente y por teléfono Patricia, con mucha paciencia y amabilidad, ha intentado localizar a esta familia por el apellido. No lo hemos conseguido. No obstante me acerco para conocerlo y darles alguna explicación a mis primas. El barrio aunque muy deteriorado muestra haber tenido un pasado espléndido.
Aprovecho el resto del día para visitar el Museo de la Revolución y patear la ciudad. Como otras veces se me acercan varios amigos y amigas. Uno de ellos, se ofrece para enseñarme la ciudad. Le invito a una cerveza en un terraza y hablamos de lo que él quiso: su situación laboral y económica, de lo que haría si él viniera a España, que sería montar una empresa con gente que trabajara para él y ganar mucho dinero. Me pregunta muchas cosas. Yo trato de contestar sin caer en vanidad en las comparaciones, que surgen inevitablemente y le hago saber que en España tampoco son tan sencillas las cosas, pero creo que no le convenzo.

Sexto día en la Habana y Matanza:

Tengo reservado un viaje para hoy a Soroa, que según Jazmín es muy bonito. Tomo un taxi para acercarme al lugar de partida y al ir a pagar con un billete de10 dólares, la taxista solamente me devuelve 5, cuando el importe es 3,73 y se justifica diciendo que no tiene cambio. Trato yo de conseguirlo en las tiendas interiores del hotel y me resulta imposible. La carrera me ha costado 5 dólares.
Me siento en un sofá a la espera del autobús que deberá partir a las 7h.40 mts. El autobús no llega y son ya las 9 menos cuarto; me dirijo a la agencia de viajes que me lo había vendido, para interesarme por mi excursión. Una de las empleadas me indica, que se ha estropeado el autobús y no se va a hacer el viaje. Le sugiero la posibilidad de adherirme a otro y me dice que no hay, que lo único que pueden hacer es devolverme el dinero, a lo cual accedo, pero haciéndoles ver que me he gastado otros 5 dólares en el taxí y deben reembolsarmelo también. Les doy un tiempo y me vuelvo a sentar a la espera. Mientras tanto se me acerca un señor de unos 60 años con le mismo tema (amigo en Madrid, regalito…). Vuelvo a la agencia de viajes y por fin me devuelven el importe del viaje más los 5 dólares.
Como no tengo otra cosa preparada para hoy, se me ocurre ir a la estación central de trenes, para ver lo que puedo hacer. Cojo otro taxi, que es un coche particular, y al pagar se repite la misma historia del cambio.
Ya en la estación pregunto por algún viaje hacia la playa o a alguna ciudad, de la que yo pueda volver en el día. Solamente hay uno a Matanza que sale a la una y cuarto. Lo compro. Debo mostrar el pasaporte. Y me siento a esperar. Una empleada me dice que yo puedo pasar ya al salón. Lo hago y otra vez me vuelven a pedir el pasaporte y el billete. En total son 6 los controles que tengo que pasar hasta que el tren se pone en marcha. En el tercero, al confirmar el billete, se me acerca una muchacha de unos 25 años y entabla conversación conmigo:
Ella: Ya has confirmado el viaje?
Yo: Sí.
Ella: yo soy la que te ha vendido el billete.
Yo (con cara de extrañeza): Pues no lo recuerdo.
Ella: Sí, soy yo, lo que pasa es que me he recogido el pelo con un pañuelo.
Yo: Ah.
Ella: Yo también voy a Matanza. Coge tu bolsa y vente conmigo.
Yo: Espera; voy a comprar un helado ¿quieres uno? (con la intención de invitarla y pedirle lo más amablemente posible que se fuera)
Ella: ¿qué numero de asiento tienes?
Yo: No sé (saco el boleto y me lo coge de la mano)
Ella: el coche 10, asiento 47. (me lo entrega de nuevo y lo guardo)
Ella: Antonio (en el billete estaba escrito mi nombre), en qué hotel estas?
Yo: estoy en casa de nos amigos.
Ella: ¿Cómo se llaman?
Yo: Patricia y Pedro.
Ella: Ah sí. Precisamente ha sido Patricia, la que me ha dicho que ibas a Matanza.
Yo: Pues mira: Patricia no te lo ha podido decir por que lo desconoce. Así que te agradecería que me dejaras, por favor..
Vuelvo a mi asiento, y me coloco mis auriculares para oír música. Observo alguna mirada de curiosidad, me quito los auriculares y es en este momento cuando decido escribir este viaje y empiezo a hacerlo hasta que nos anuncian que podemos pasar al tren.
El vagón, está en mal estado, pero es amplio y confortable. El compañero del asiento de al lado es de Barcelona, se llama Javier y resulta que trabaja de comercial en la misma empresa que mi sobrina Olga. Vamos en el último vagón a una buena velocidad. A indicación de un empleado debemos desplazarnos hasta el cuarto para poder bajar ya que el anden es corto. Javier ya ha estado antes en esta ciudad y va a hacer una visita a algún amigo de otros viajes. El se desenvuelve con soltura.
La ciudad está un poco retirada de la estación. El medio de trasporte que las une es un carro, nada típico, tirado por un caballo. Vamos 8 personas. Me da pena por el caballo; a veces se le nota que va apurado. Yo le hago un comentario a Javier y me da a entender con un gesto que las cosas son así y me dice de palabra que el hombre se gana la vida de esta forma. Atravesamos la ciudad hasta la estación del otro ferrocarril (el eléctrico). Los trenes de este ferrocarril son de los retirados de los Ferrocarriles Catalanes, vendidos eso sí. No me interesa el horario ya que debería salir de inmediato y decido aventurarme a volver en autobús, después de visitar la catedral y el teatro de la ciudad. Me despido de Javier, que se queda hasta el día siguiente.
Ya en la terminal de autobuses, la cual reconocí cuando vi, ya en España, la película “Guantanamera”, estoy casi solo con cuatro empleados, con los que hablo, y me informan de que no hay un horario establecido de autobuses, pero que es de esperar que a lo largo de la tarde pase alguno. Me siento a esperar y después de un rato se me acerca un hombre que se identifica como taxista y se me ofrece para llevarme por 40 dólares primero, 30 más tarde, y finalmente 20. Sospecho que actúa con alguna irregularidad y declino su oferta. Ya se ha ido el taxista y uno de los empleados me explica cómo funciona el trasporte: este taxista ha hecho un viaje a la ciudad y es su obligación pasarse por la terminal, para preguntar si hay alguien para no volver de vacío a su ciudad de origen (en este caso La Habana). Si el resultado es negativo necesitan un sello del funcionario de la terminal para poder regresar sin viajero. Y este es el caso. Ya tiene este sello y ahora si coge a alguien el dinero es para él. Noto que el funcionario me cuenta esto con rubor, y con vergüenza ajena, y es que aquí, también hay gente que actúa con honradez.
Por fin llega un autobús, que por un precio razonable, me lleva a la Capital. Llevo dos días que sólo veo a Jazmín a la hora de cenar. Hoy quedamos para ir a la playa al día siguiente.

Séptimo día en La Habana y la playa:

Como habíamos pensado, hoy nos vamos de playa de Guanavo, que está a unos 20 Kms. Debemos tomar primero un autobús urbano y luego otro periférico.
Llevamos esperando más de una hora. Yo hablo con la gente y observo al mismo tiempo cómo a menudo desde una ventana una muchacha descuelga con una cuerda comida que otra vende o intenta vender a los transeúntes en plena calle. En este momento observo cómo mi compañera está negociando con un militar, de graduación comandante, que va en una moto-sidecar para que nos lleve al periférico, y llega a un acuerdo. Debemos darle 1 dólar cada uno. Jazmín se reserva el asiento de atrás, dicho por ella, para poderse abrazar al militar. Yo ocupo el sidecar. La contaminación es muy alta y la moto da muchos botes. Para evitar llamar la atención debemos pagarle en plena marcha. El viaje es incómodo, pero nos resuelve la situación.
Ya estamos en la parada del periférico, y llega un autobús al cual sólo unas pocas personas de las muchísimas que se han arremolinado, pueden subir. Hay que esperar a otro. Un empleado reparte unos papeles, que determinan el orden para el próximo. Aparece un camión con un toldo azul, pero no se nos permite subir por no ser cubanos. Un muchacho que se da cuenta de todo nos dice que en el siguiente nos subamos sin dar ninguna explicación. Así lo hacemos y una vez arriba nos pide otro dólar a cada uno, que pone en la mano del empleado del camión, sin mediar palabra.
Ya estamos en la playa. En realidad son varias seguidas. Yo solamente traía la intención de pasar el día y no vengo preparado para bañarme. Jazmín sí lo hace y me anima. Me meto al agua tal cual con el pantalón corto. La sensación es estupenda. El agua está muy limpia, la arena es blanquísima y fina. Salgo y vuelvo a entrar, y así varias veces. Es una gozada de playa, de arena, de sol, de agua… de todo.
De regreso, sin ningún problema y sin tener que esperar mucho, el periférico nos deja relativamente cerca de casa por lo que decidimos ir andando. Nos encontramos las calles y la casa sin luz. Patricia se nos excusa diciendonos, que se le había olvidado advertirnos que hoy tocaba el apagón para ahorro de energía (los cubanos dicen que en realidad lo que tienen son alumbrones), pero que a las 22 h. restauran el suministro eléctrico, y tendremos que esperar hasta entonces para cenar. No habiendo otra cosa mejor que hacer Jazmín se acuesta y Patricia hace lo mismo. Pedro y yo nos quedamos en el jardín conversando. Aparece una araña enorme y negra (el cuerpo sería como una cereza de grande) Pedro me explica que no son peligrosas, pero se levanta y la aplasta de un pisotón. La conversación va tomando un ritmo cada vez más pausado y Pedro se duerme. Yo no sé que hacer. Tengo necesidad de comer, incluso malestar, será por el desgaste del agua. Irme a cenar? Donde? Y sin luz… Habrá que esperar. Por fin a las 0h. 30 mts. en medio de un griterío de todo el barrio, llega la luz. Yo no tenía ya mucha esperanza, pero cenamos esa noche.


Octavo día: la vuela

Debemos estar en el aeropuerto antes de las 4 de la tarde. No tenemos nada más que hacer, que despedirnos de Jorge y su familia y luego nos vamos a tomar un helado a una bodega (se llama así a las tiendas oficiales), que hemos descubierto en días anteriores. Los helados están muy buenos; mejor dicho estaban, hoy no toca. No hay nada. Las empleadas están mano sobre mano y los estantes vacíos.
Nos despedimos de Ivana y Patricia y en un coche particular, concertado de antemano, nos dirigimos hacia el Aeropuerto. Pedro nos acompaña hasta el mostrador de Spanair y se despide de nosotros. Al tiempo de facturar, y adquirir la tarjeta de embarque, por expreso deseo de Jazmín, debemos adquirir asientos separados. A mí me da lo mismo. Somos los primeros podemos elegir y así cogemos ventanilla los dos, pero eso sí, separados. Ella me dice que quiere conocer el aeropuerto y se va a dar una vuelta.
Yo me dirijo al control de pasaporte y el policía me exige el pago de la tasa de aeropuerto. Yo pienso que esa tasa está pagada con el viaje, o al menos así creo que me lo explicó el empleado de la agencia al tiempo de comprar el viaje. El policía, en una actitud hierática me repite que debo ir al banco para hacer el pago de 20 dólares. Así lo hago y paso. Localizo la puerta por la que debo embarcar y merodeo por las tiendas, comprando alguna cosilla sin importancia…. Sé que Jazmín se había gastado los últimos dólares en pagar el coche que nos llevó al aeropuerto. Yo no la puedo localizar. Es más, nuestra situación real es de una frontera por medio. Así que me siento ya esperar acontecimientos… De pronto aparece al fondo, me ve, y se dirige hacia mí muy nerviosa y me dice que tiene problemas. Viene sin bolso, sin carta de embarque, sin pasaporte. El policía no la deja pasar si no paga las tasas o que en todo caso le compra el oro (cadena y colgantes) por 20 dólares, cuando su valor es 10 veces más.
Le presto el dinero, con la condición de que me lo devuelva tan pronto como lleguemos a Madrid. Así lo hace: vamos hasta la casa donde se hospeda (muy cerca de la mía) y me dice que espere en la puerta de la calle. Tarda un rato y me estoy poniendo un poco nervioso. Por fin aparece con el dinero y me lo da. En agradecimiento quiere ayudarme a llevarme equipaje hasta mi casa. Me excuso como puedo y le digo que no hace falta. Me vuelve a dar las gracias y me dice que “soy su salvador“. Ya estoy en mi casa. Una ducha y a la camita. Ha sido toda la noche de viaje y estoy muy cansado.




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